Leda se mueve con suavidad al bailar, sus poses son perfectas, nunca alteradas, siempre capaces de maravillar. Se desliza en la punta de los pies con una firme elegancia de cisne, sin abandonar nunca la expresión solemne. El corto pelo negro ensortijado guarda cierta animosidad, cierta rebeldía que lo impulsa a sublevarse. Las manos se detienen en el aire como presas de la mirada de Medusa. Leda es perfecta, de una belleza cargada de triste solemnidad, pero no esta viva.
Tampoco esta muerta.
No conoce los sentimientos ni las sensaciones. El dolor es un mito que contempla a veces en su imaginación como a través de un velo. El amor no existe en su mente. No hay parámetros por los que pueda guiarse y no se fía de los libros, que tanto le mienten.
No posee un corazón, y su carne esta fría, aunque ella no lo sabe.
Leda es una marioneta. Esta hecha de metal, de carne artificial y complejos mecanismos que le dan vida, que le proporcionan el impulso como si tirasen de una cuerda.
El tiempo no transcurre para Leda. El tiempo no es tiempo, sino sólo la acumulación de noches y días, aunque jamás haya visto ni lo uno ni lo otro.
Los ojos de Leda no muestran curiosidad, y su rostro se viste de deslumbrante inexpresividad.
A veces intenta imitar los gestos humanos que ve en el Dr. Maurice, pero lo único que consigue es que sus músculos faciales se muevan con cierta incomodidad. Nunca consigue otra cosa que no sea una mueca.
A veces intenta imitar los gestos humanos que ve en el Dr. Maurice, pero lo único que consigue es que sus músculos faciales se muevan con cierta incomodidad. Nunca consigue otra cosa que no sea una mueca.
Abandona cuando al mirarse al espejo no encuentra su habitual seriedad.
Mientras esta sola, Leda práctica distintas voces mientras lee los libros que el Dr. Maurice le regala, pero no comprende como una voz puede sonar “triste”, “divertida” o “irónica”. También canta como sabe que puede, como la memoria de su sistema integrado la insta a cantar. Las canciones de cuna son sus favoritas. Le gusta mirarse en el espejo porque le parece estar siempre acompañada de esa otra, que es ella misma. Mueve los labios e imita conversaciones que ha leído, finge sorprenderse y se deleita con una risa que es un eco de la del Dr. Maurice, quien siempre esta risueño cuando la visita.
Y cuando calla, parece vacía. Se ve vacía.
Sólo baila cuando llega el Dr. Maurice, la primera persona que recuerda y la única que ha visto. Él la alienta y le pide que cante. Ella tararea mientras baila El Lago de los Cisnes sobre el ruinoso escenario del teatrillo que es su hogar. Hay telarañas en los techos y las butacas se encuentran rotas; los palcos son inaccesibles. El Dr. Maurice aplaude, sentado en primera fila, en un asiento que ha permanecido en un estado lamentable. A veces le palmea la cabeza cuando se le acerca y la mira largamente, como si quisiera decirle algo. Pero no habla.
Entonces se va y Leda vuelve a quedarse sola.
Una vez se peguntó, espontáneamente, qué experiencias le proporcionaría sentir. Entonces su sistema lo rechazó, porque no estaba programado para responder cuestiones que desconocía.
Pero Leda no lo olvidó.
¿Había nacido en ella la curiosidad?
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